Baños de verano

“El agua. Somos agua, bebemos agua y sentimos el agua.” 

Sentimos el agua.

Es curioso que cuando llega el periodo estival, sentir el agua, sea una de las sensaciones más buscadas. Sin embargo, bañarnos, disfrutar del agua mientras nos aseamos no ha estado presente siempre a lo largo de la historia. De hecho, hasta el Rey de Inglaterra Jorge IV, no era habitual la práctica de construir una estancia específica para el baño en el hogar. Para más inri, la práctica del baño, donde se mezclaba el agua caliente con leche y semillas de lino (suavizaban la piel); estaba limitada al género masculino y no fue hasta la llegada de la reina Victoria cuando las mujeres, por supuesto de las cortes (europeas) empezaron a disfrutar de este privilegio. Con el paso de los años (muchos. 200 o más), la placentera práctica se extendió y democratizó.

La historia decide muy por encima de nosotros nuestras prácticas cotidianas. Hoy, en mayor o menor medida, nos duchamos todos. Y digo DUCHAR porque el baño ha dejado de ser una práctica habitual. Antes no lo era por falta de agua. Llenar una bañera era costoso y complicado. Antes no había sistemas de conducción. Ahora no hay sitio en las viviendas para poder colocar una bañera, ni tiempo en nuestras vidas para permitirnos largos y relajantes baños diarios.

Quizás sea esa la razón por la que, cuando disponemos de, para empezar, tiempo, nos lanzamos al agua literalmente. Buscamos la playa ideal, el lago de los cisnes o, cuando no se tercia la meteorología, nos buscamos un SPA que mantenga nuestro cuerpo en plena y placentera ebullición. Y es que, son tantas las buenas sensaciones en cualquiera de estos casos…

Dejarse abrazar por el agua, flotar al sumergirse, escuchar el vacío, deslizarse en cualquier dirección, dejarlo flotar con los ojos cerrados…parece que el cuerpo desaparece y sólo queda eso que somos dentro y que no se ve, no se toca y no se huele, como el agua.

Sin duda, somos agua.

Written by SILVIA CHAVES for Unibaño

Fotografía vía freepik

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